
“Somos herreños llegados de África”, así lo siente uno de los jóvenes que vive en el centro de acogida para menores inmigrantes de Valverde que gestiona el Cabildo de El Hierro. Adil vive en este lugar junto a otros cinco chicos que, como él, llegaron a Canarias en patera. A la Institución herreña no le salen los números para poder atenderlos adecuadamente. Sobre todo le preocupa su futuro una vez abandonen su hogar de acogida.
Compartir un día con ellos sirve para darse cuenta, por un lado, de lo integrados que están en la sociedad herreña pero también para conocer más de cerca cuáles son los duros sentimientos de un niño que vive lejos de su familia. Es sorprendente observar como un joven de sólo 15 años tiene entereza para hablar de unos padres que hace tres años que no ve, mostrando tristeza y, a la vez, conformidad con la situación que le ha tocado vivir.
Al cuidado directo de los jóvenes que permanecen en El Hierro se dedican cuatro personas, “cuatro hermanos mayores”, como los definen los propios inmigrantes, incluso hay una profesional a la que llaman, cariñosamente, “abuela”. En las 24 horas que cada educador pasa en el centro comparte con ellos todas las actividades propias de la vida cotidiana. La relación entre educadores y jóvenes no es sólo profesional. Es visible en varios momentos del día: se dan un cariñoso beso de buenos días al levantarse y antes de acostarse, intercambian bromas durante las comidas y charlan sobre su vida personal amigablemente regalando estampas enternecedoras.
Como cualquier adolescente, estos jóvenes estudian, hacen deporte, realizan labores del hogar y salen con los amigos. “Una de nuestras tareas es conseguir que se sientan como cualquier chico de su edad”, afirma Guaisara Hernández, una de las educadoras. “Son chicos muy nobles, no tengo queja alguna que dar: Si hacen alguna bobería, si no se quieren comer el potaje, si tengo que estar encima de ellos para que hagan la cama, es comprensible, son niños, están en la edad de la bobería”, añade Guaisara mientras los chicos ríen como aquel que acaba de hacer una travesura.
Tienen unas rutinas establecidas, “en invierno nos hacen madrugar más para ir a clase, ahora no, nos levantamos tarde y tenemos más libertad”, cuenta un joven antes de empezar a detallar cuál es su día a día.
Adil, el mayor, explica que en invierno todos van a clase. Unos estudian Educación Secundaria Obligatoria y otros han optado por módulos de grado medio atendiendo a los consejos de los profesores. “En el Instituto se implican profundamente en la educación de estos chicos y nos orientan con sensibilidad, como nos muestran en cada tutoría a la que asistimos periódicamente”, dice la educadora.
Con mirada cariñosa, el más pequeño del grupo, de 15 años, dice que le encanta hacer amigos, como a los demás, “por eso en nuestro tiempo libre entrenamos a futbol con los equipos de la Liga Insular, practicamos atletismo y otros deportes o aprendemos a tocar instrumentos en el Patronato Insular de Música. Lo hacemos para aprender y para conocer gente. Los amigos se portan genial con nosotros”, cuenta.
Escucharles hablar sobre la Isla, sobre su vida cotidiana, sobre la gente de El Hierro con tanta naturalidad, mostrando tanto conocimiento e integración hace pensar que han vivido aquí toda su vida, por eso es difícil entablar el tema del viaje a Canarias en patera o de cómo eran sus vidas antes de venir al Archipiélago.
“Al tratarse de una Isla pequeña tienen privilegios que, quizás, en islas mayores serían difíciles de obtener. Estos chicos salen por las tardes, cuando hay terminado sus tareas, y tienen libertad para moverse siempre y cuando informen dónde van y cumplan con el horario establecido. Si tuviéramos a más de 100 menores, poder hacer esto sería una locura”, dice Guaisara
“Tenemos que tratarles como a cualquier chico adolescente. Si quieren salir por la noche, dormir en casa de un amigo, es normal y comprensible. Si quieren ir a una verbena nosotros les llevamos, les vigilamos, les acompañamos también a comprarse ropa, como si fuéramos sus hermanos mayores”, continúa.
Como si de una casa se tratase, los 6 jóvenes se distribuyen las tareas semanales y mientras que uno se hace responsable de mantener limpio el suelo, otro se ocupa de ayudar a las cocineras y recoger la cocina y otro lava la ropa o la plancha. Así hasta completar todos los quehaceres del hogar.
A la pregunta de “¿qué es lo peor y lo mejor de esta situación?”, todos coinciden en afirmar que lo malo es echar de menos a sus familias y lo mejor es que no pueden tener queja alguna de la atención que están recibiendo. “Las separaciones son duras”, dice Adil quitando la sonrisa que durante la mayor parte del tiempo adorna su cara de chico travieso. Por el centro han pasado otros jóvenes que ya se han marchado a trabajar a Tenerife, “después de vivir con ellos tanto tiempo, les echamos mucho de menos”, añade el joven.
Uno de los menores coincide en que “entre todas las separaciones, la de la familia es la más dura. Cuando yo me embarqué en la patera, sólo mi padre sabía que me iba; no me despedí de mi madre ni del resto de mis familiares”; también a él se le entristece la cara en ese momento.
El Cabildo de El Hierro destina un dinero anual a cada uno de los jóvenes para la vestimenta, le da una tarjeta telefónica mensual para poder llamar a sus familias, facilita material escolar y corre con los gastos extras que supone un viaje de fin de curso organizado por el Instituto, entre otros ejemplos.
“La mayoría quiere quedarse a vivir aquí, no son partidarios de las grandes ciudades. La última vez que acompañé a uno de los chicos a hacerse una resonancia a Tenerife, aprovechamos para dar un paseo por un centro comercial y que viera cosas nuevas; se mostraba asustado de ver tantos coches, tanta gente.”, comenta Guaisara.
Dos de estos 6 inmigrantes son mayores de edad, pero siguen viviendo bajo el amparo de las instituciones. “A Hussan le falta un curso para completar sus estudios, pero es mayor de edad, así que según la Ley no tenemos obligación de custodiarlo. Si le decimos que tiene que irse del centro ¿terminaría sus estudios? ¿ayudarle hasta que los complete no es lo que haría cualquier padre?”, se pregunta la educadora.
Son niños que viven lejos de casa, pero que tienen un hogar, como ellos mismos consideran al centro, y gente alrededor, como Guaisara, que trabaja para ellos a cambio de un sueldo, pero les quiere gratuitamente.
SOBRECARGA FINANCIERA
Hace 5 años que el Cabildo de El Hierro apoya al Gobierno de Canarias en la labor de acogida de menores inmigrantes ante la sobrecarga que soportan los centros de las islas capitalinas.
“Contamos con la experiencia positiva de que nos seguimos haciendo cargo de jóvenes que han cumplido los 18 años, pero siguen en el centro hasta que tengamos la certeza de que están totalmente integrados en la sociedad herreña y en el mercado laboral para poder mantenerse por sus propios medios económicos”, afirma el vicepresidente del Cabildo, Javier Armas
Desde el Cabildo se expresa preocupación por la situación de estas personas, ya que no existe obligatoriedad legal de responsabilidad para las administraciones una vez que los inmigrantes tienen la mayoría de edad.
“La Institución hace grandes esfuerzos para encauzar adecuadamente a los chicos hacia su futuro, pero no contamos con los suficientes apoyos para garantizar que no queden desamparados a la hora de tener que abandonar los centros, algo que nos preocupa no sólo cuando hablamos de los menores acogidos en la Isla”, añade Armas
El Cabildo de El Hierro pide al Gobierno de Canarias que estudie la situación actual del régimen de acogida de menores inmigrantes, por lo dicho anteriormente y porque la labor social que están haciendo las administraciones locales está suponiendo “un sobrecoste al que no sabemos hasta cuándo podremos hacer frente, ya que debilita de forma importante las arcas insulares”, dice el vicepresidente.