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Miguel Massanet Bosch
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¿Saben ustedes que más de 300 autónomos cierran cada día su negocio a causa de la crisis que estamos padeciendo? Pues, señores, así es. Y saben ustedes lo que están haciendo nuestros dos líderes, el señor Zapatero y el señor Rajoy para preparar este “distendido” encuentro, en el que deberán intentar poner coto al desastre económico en el que estamos inmersos pues, ¡ muy claro!, tirarse los trastos a la cabeza. El uno achacando al otro que está actuando de Don Tancredo y se enfrenta a los huracanas de la debacle económica sin hacer nada, confiado en que se producirá el milagro que acabe con ella y, el otro, recriminándole al primero que no “arrime el hombro” para hacer lo que piensa el Gobierno que le va a servir para superar el temporal en el que se ve obligado a navegar. Y ante esta situación, los españoles desconcertados nos miramos los unos a los otros como si buscáramos en la mirada del otro una explicación comprensible ante una actitud tan abracadabrante.
Cuando nos miramos en el espejo norteamericano y vemos los esfuerzos que allí hacen para encontrar un medio que les ayude a superar las dificultades por las que transcurre su sistema financiero y nos percatamos que allí los representantes de las distintas circunscripciones electorales, independientemente del partido al que pertenezcan, sea por propia responsabilidad hacia sus electores o fuere por hacerse eco del sentimiento mayoritario de los que los votaron, son capaces de objetar en contra de propuestas presentadas por su propio partido; no podemos menos que sentir admiración por un sistema en el que se puedan producir tales signos de lo que es una verdadera democracia. Así hemos podido ver que, al fin, se han limado aquellas partes de la propuesta del señor Bush que no encajaban en el sentir mayoritario de la población y se han aceptado aquellas medidas, dolorosas pero imprescindibles, para darle una salida airosa al gran problema económico que les afecta. Y todo ello superando diferencias partidistas, egoísmos electorales y enfrentamientos ideológicos. En fin, lo que constituye un ejemplo de libertad y de aplicación de los derechos democráticos. Otra cosa será si estas medidas arbitradas van a ser suficientes para canalizar a la economía americana por la ruta de su recuperación; un camino, en todo caso, largo y lleno de obstáculos.
Pero volvamos la mirada hacia Europa y dentro de ella a España, que es la que, en definitiva, nos importa por estar ligados a ella en todo lo que afecta a nuestras vidas y haciendas. No podemos decir que lo que se ha dado por denominar la UE haya sabido coger al toro por los cuernos y, en consecuencia, el retraso en tomar decisiones comunitarias todavía sigue el tortuoso camino de los distintos intereses en juego, según sean los beneficios particulares que busque cada nación. En efecto la falta de una Constitución que haya sido capaz de poner orden en toda la comunidad de naciones; las dificultades de vencer los pequeños contenciosos entre sus miembros; las necesidades de concertar las distintas facetas económicas de cada país ( agricultura, industria y servicios ) con las de los demás y la lucha desenfrenada para conseguir sacar tajada de las ayudas de Bruselas, han creado un estado de cosas que ha llegado al punto de que ya es difícil saber si, lo que tenemos en la actualidad, tiene algo que ver con lo que se proyecto cuando se creó la Comunidad Europea o si, por el contrario, se ha convertido esta en una agrupación de naciones sujeta al eje Franco-Alemán o a las aspiraciones, siempre díscolas y rompedoras del Reino Unido. En todo caso, aunque nos duela reconocerlo, siempre unos pasos por detrás de los Estados Unidos de América.
Dejando aparte la nueva humillación que ha supuesto para España el que haya quedado excluida de la reunión convocada por el señor Sarkozy, para intentar poner orden y unidad en la decisión de las medidas que debiera poner en marcha Europa a la vista de las resoluciones tomadas por el Congreso de los EE.UU; resulta patente que, cuanto antes, se determine si los problemas económicos que sufren las naciones europeas ( cuidado, no todos los mismos ni con la misma intensidad) requieren una terapia parecida a la que se ha adoptado al otro lado del Atlántico o si las peculiaridades que se dan en Europa puedan diferir e, incluso, ser completamente distintas a las crisis de las sub prime. Es por esto que España, una de las naciones más afectadas por la explosión de la burbuja inmobiliaria, puede que se quede al margen e incluso se vea afectada negativamente por lo que se pueda cocer en París que, dicho de paso, está por ver si tendrá algún resultado positivo, visto lo que está ocurriendo en Irlanda que se ha desmarcado del resto de naciones de la CE en cuanto a las ayudas a las entidades financieras. Demasiadas discrepancias, demasiadas actitudes individualistas y una evidente falta de una dirección bien orientada y con autoridad para hacer que se respeten y lleven a término sus acuerdos.
En medio de este desbarajuste, aquí, en España, nos dedicamos a aquello de “ si serán galgos, si serán podencos” mientras la recesión, cada vez, se va haciendo más evidente, afecta a más personas y preocupa a toda la ciudadanía, que no ve el rumbo que se le quiere dar al barco y se limita a observar como, en el Parlamento, unos señores que se ganan la vida extraordinariamente bien, parece que en lugar de ocuparse del estado de la nación están jugando a ver quien es más gracioso, más ocurrente o dice la inconveniencia mayor. ¡Una vergüenza que podría tolerarse en un país sin problemas, pero que se convierte en un delito de lesa majestad cuando se está jugando con el bienestar de la ciudadanía! No sólo se nos desprecia en el resto de Europa y en los EE.UU sino que, por si ello no bastara, el señor ZP se dedica a decir inconveniencias contra los países amigos y estupideces en aquellos que se valen de ellas para zaherir a de nuestros aliados naturales.
El que seamos el país con más desempleo de toda Europa nos da la medida de cual es la situación que ocupamos en el ranking de confianza que puedan tener el resto de naciones en nuestra economía y, a pesar de ello, nuestros dirigentes lo ignoran, como ignoran la desconfianza, cada vez mayor, que reflejan los índices que valoran la que tiene la ciudadanía sobre la capacidad del Gobierno de sacarlos del atollo. Algo que debiera de hacer reflexionar a aquellos que se dejaron convencer por la dialéctica del engaño y la traición. ¿Qué, cómo se arregla esto? Sólo hay un camino, pero no soy yo quien para decírselo.

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